Día: abril 7, 2017

Escalada en Siria. Trump usa los misiles Tomahawk

“La guerra es una masacre para conseguir la paz entre gentes que no se conocen,

para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran”

George Orwell en 1984

La guerra de Siria no ha comenzado el 4 de abril con los ataques con armas químicas a la ciudad de Jan Sheijun, como tampoco lo hizo el 21 de agosto de 2013 con ese otro ataque de las mismas armas en un barrio de Damasco. Los efectos en ambas ocasiones han sido devastadores. Pero esa guerra dura ya siete años, y son cientos de millares los muertos y heridos, millones los desplazados y refugiados.

La tragedia diaria de la guerra y sus consecuencias parece a veces olvidada, sin apenas titulares de las personas que a diario sufren la barbaridad de la guerra. Solo de vez en cuando, como ahora, por los ataques con armas químicas y por las represalias contra ellos, vuelve a las primeras páginas de actualidad. Y mientras, ¿qué hacen la comunidad internacional y los gobiernos? ¿Y qué hacemos la sociedad civil, “las personas de a pie”?

Si realmente se quisiera acabar con esta terrible guerra de Siria, habría que reflexionar sobre si el camino de añadir más violencia puede ser la solución. Antes de tomar cualquier acción militar habría que pensar si se ajusta a derecho internacional y si va a causar víctimas civiles. Las respuestas militares no deben obedecer al castigo y la represalia por acciones cometidas por los bandos enfrentados, ni mucho menos convertirse en acto de pura venganza.

Nadie va a discutir que el uso de armas químicas es un crimen de guerra, pero lo primero que se debe de hacer es tener claro quién lo ha cometido. Esa es la primera premisa, porque la experiencia demuestra que no siempre se sabe con certeza ni se disponen de pruebas concluyentes para declarar culpable a un presunto autor. Más aún, en una guerra la propaganda puede hacer parecer verdad ante la opinión pública lo que no nunca fue.

En esta guerra de Siria, como en todas sale a la luz lo peor del ser humano, y las violaciones de los derechos humanos y las masacres las cometen todos los bandos, aunque al final solo se juzgue a los perdedores. La propaganda nos hace tomar partido, sin darnos cuenta nos posicionamos con unos o con otros. Ese es el gran juego de los que sacan provecho de la guerra. No nos dejan libertad para pensar que el sufrimiento humano no distingue de bandos.

Estados Unidos y la mayor parte de la comunidad internacional han mirado hacia otro lado mientras el régimen de Al Asad, apoyado por Rusia cometía atrocidades contra el pueblo sirio, como cuando las cometían los opositores. Las organizaciones de derechos humanos acusan a ambos bandos de violaciones de las leyes internacionales y los derechos humanos. Pero parece que durante el último periodo de la guerra había un consenso no declarado de consentir a Rusia sostener el régimen de Al Asad.

Con el nuevo  presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump – cuya principal propuesta para la paz mundial es incrementar el presupuesto militar estadounidense en casi un nueve por ciento- todo ha cambiado  y ha encontrado una excusa para emplear  la fuerza militar con dureza en Siria. Los 59 misiles tomahawk lanzados sobre la base militar siria de Al-Sayrat no son ninguna broma. El pretexto de ese ataque como castigo por el presunto uso de la aviación siria de armas químicas también parece suficiente para la mayoría de los gobiernos aliados occidentales.

Esos misiles son una verdadera tarjeta de visita explosiva, un aviso a amigos y a enemigos. A su, hasta ahora, “amigo” Putin para decirle quien manda, por si acaso se le ocurre elevar el tono. A sus amigos y aliados europeos para lo mismo: aquí estoy yo, o estás conmigo o contra mí. A su protegido Israel para asegurarle su apoyo incondicional. A los enemigos como Corea del Norte para mostrarle que no le temblará el pulso para actuar militarmente. Todo el mundo debe saber que “el imperio” no ha muerto, que su potencial militar puede caer sobre la cabeza de quien ose desafiarlo.

Sin embargo, la historia nos enseña que la violencia militarista casi nunca resuelve los conflictos, más aún, los recrudece y fomenta más odio que genera más violencia. Las muestras recientes las tenemos en Afganistán, Irak y Libia. ¿qué se ha conseguido con intervenciones militares después del 11S? ¿se ha disminuido la violencia? ¿viven mejor sus habitantes? ¿hay más estabilidad en esos países? ¿se ha acabado con el terrorismo?

La emotividad que nos invade tras un atentado terrorista o un ataque con armas químicas no puede hacernos perder la razón. Las respuestas a esas acciones se deben enmarcar dentro de la legalidad internacional y los derechos humanos que nos hemos dado en las sociedades democráticas. Cualquier acción militar debe de estar amparada por esa legalidad internacional. Nadie puede actuar al margen de ella, porque si lo hace se pondrá al mismo nivel de aquellos que ya la han infringido.

Además, en el caso de la guerra de Siria en particular y de los conflictos en Oriente Medio en general, la escalada puede conducir a una guerra de dimensiones desproporcionadas. Por eso, se requiere: de los dirigentes internacionales y nacionales mucha prudencia, de los medios de comunicación que no contribuyan a fomentar la división y el odio entre los seres humanos, de las “personas de a pie” una reflexión a favor de la paz, y de todos un análisis sobre las causas de la violencia como mejor manera de poder acabar con ella.

“La verdad es más importante que la paz, porque la mentira es la madre de las guerras”

Mohandas Gandhi

Javier Jiménez Olmos

7 de abril de 2017