EL USO DEL PODER FUERTE DESPUÉS DEL 11-S

images (6)Si cuantificamos la devastación producida con un atentado terrorista, incluso los de mayor número de víctimas, como el del 11-S, nada es comparable con el desastre de una guerra. Combatir el terrorismo con acciones militares clásicas tiene sus riesgos. En primer lugar las víctimas “colaterales”. Se debe tener especial cuidado con la planificación y ejecución de acciones antiterroristas con fuerzas militares, porque a pesar de todos los cuidados casi siempre se producen víctimas inocentes. El empleo de los ejércitos convencionales en la lucha contra terrorista debe tener bien definido el límite de la legalidad para no convertirse en terrorismo de Estado. En segundo lugar estas acciones, con víctimas inocentes, son utilizadas por los terroristas para fomentar el odio y reclutar más adeptos a su causa.

Bajo la óptica social, la utilización de una fuerza desproporcionada crea mártires; no sólo los presuntos terroristas, sino las victimas colaterales inocentes. Los afectados, sus afines y la opinión pública general se ponen de parte de las víctimas inocentes. El resultado es más odio y, como consecuencia, más violencia.

También se debe discutir la eficacia del empleo de las fuerzas armadas en la lucha directa contra el terrorismo. Desde el punto de vista económico se emplean costosísimos y sofisticadísimos armamentos que resultan no ser tan eficaces. ¿Cómo se pueden detener los ataques suicidas indiscriminados? La alternativa de la cooperación  al desarrollo, por una parte, y  la información e inteligencia, por otra,  podrían lograr mejores resultados en la lucha contra el terrorismo.

¿Qué arma se puede utilizar contra el fanatismo ideológico o religioso? A las ideas se les combate con mejores ideas que deben ir acompañadas de los hechos. Para capturar terroristas o averiguar los centros ideológicos son necesarios, sobre todo, información e inteligencia. Si la amenaza terrorista no es de carácter militar, ¿por qué emplear los ejércitos convencionales para combatirlo? ¿Cómo se combate el ciberterrorismo, a un terrorista suicida, o al secuestrador de un avión?

Las experiencias recientes no demuestran que el terrorismo se debilite con invasiones militares, ataques preventivos o bombardeos selectivos. Más bien todo lo contrario, como se puede deducir del cuadro, que refleja la situación mundial en cuanto a atentados y víctimas del terrorismo y una comparación con lo que sucedió en Irak en fechas posteriores a la invasión.

Atentados

Mundo

Irak

Año

Atentados

Muertes

Atentados

% sobre atentados en el mundo

Muertes

1998

1.286

2.172

2001

1.732

4.571

2003

1.899

2.349

147

8%

539

2006

6.659

12.070

3.968

60%

9.497

Fuente: MIPT Terrorism Knowlegde Base

En todo caso el empleo de los ejércitos en la lucha antiterrorista puede conseguir efectos momentáneos de paralización del fenómeno, pero también sirve de excusa para que se extienda el fanatismo y pueda seguir actuando con mayor virulencia. Ha sido el caso del Ejército británico ocupando Irlanda del Norte, los israelíes con sus ataques “selectivos” contra objetivos considerados terroristas, y el de los EE. UU. y sus aliados con las invasiones de Irak y Afganistán

images (5)Desde el atentado del 11-S se han producido reacciones importantes en la lucha contra el terrorismo por parte de la comunidad internacional y muy especialmente por parte de los EE. UU. La discusión al respecto trata de averiguar si esas reacciones han sido las adecuadas para combatir el terrorismo internacional. Los Estados y las organizaciones internacionales deberán reflexionar sobre sus decisiones de emplear indiscriminadamente fuerzas armadas convencionales para combatir el terrorismo. El camino no es la precipitación, la “hoja de ruta” debe ser muy meditada y estudiada, con la elaboración y puesta en acción de una estrategia mundial consensuada, adecuada a la moralidad, la ética, el derecho internacional y el respeto a los derechos humanos.

Previamente al 11-S, la brecha entre EE. UU. y Occidente con el mundo musulmán se agrandaba a causa de la parcialidad norteamericana a favor del Estado de  Israel. El deterioro de las relaciones se agravó con el apoyo a Ariel Sharon, primer ministro israelí; por tanto, no es casualidad que Al Qaeda aprovechara la oportunidad para reavivar el antioccidentalismo en las filas musulmanas con la “Declaración de guerra contra los cruzados y judíos”. En agosto de 2001 el diario londinense Al Quds recibió un comunicado de Bin Laden en el que anunciaba próximos ataques contra EE. UU.

Los atentados del 11-S en Nueva York y Washington lo cometieron personas cultas, de clase media, buenos trabajadores y estudiantes, con familias o novias, que acumulaban la suficiente cantidad de odio como para cometer semejante atrocidad que también acabó con sus propias vidas. El atentado no hubiera sido posible sin una base de adiestramiento, financiación, comunicación y un altísimo grado de motivación.

Con el 11-S, Norteamérica se dio cuenta de su vulnerabilidad, de que el problema no era tanto la defensa de Occidente como la de su propio territorio; al mismo tiempo le proporcionó argumento para reafirmar su presencia militar en el mundo, principalmente en el Golfo Pérsico y Asia Central.

El atentado del 11-S fue el más mediático de todos los tiempos, realizado con el fin de atemorizar a Occidente y movilizar adeptos; con él reanimaron la conciencia de los grupos extremistas tal como ya lo habían hecho en el pasado otros grupos terroristas como las Brigadas Rojas italianas. Los atentados del 11-S se llevaron a cabo dentro de un contexto antiamericano motivado por el embargo y los bombardeos a Irak -que ya realizaban sistemáticamente antes de la invasión del marzo de 2003-, el desarrollo del conflicto palestino, y el apoyo incondicional a Israel por parte del gobierno Bush. Los atentados cumplían el propósito de provocar represión que causaría “daños colaterales”, y por lo tanto catalizar el odio a Occidente.

images (7)El 11-S desencadenó la emotividad en el lado occidental; George W. Bush hablaba de “la lucha del Bien contra el Mal” interpretada como cruzada contra el fanatismo y respuesta al choque de civilizaciones. La operación “Libertad duradera” para la invasión de Afganistán contó con el respaldo internacional y el apoyo de la OTAN por la invocación al Art. V[1], los miembros de la Asociación para la Paz también se sumaron a la iniciativa. En el discurso de 29 de enero de 2002 sobre el Estado de la Nación, el presidente Bush declara la guerra contra el terror y nomina el “eje del mal” conformado por Irán, Irak y Corea del Norte.

En el discurso pronunciado por George W. Bush el 7 de octubre de 2001 anuncia la operación “Libertad Duradera” para la lucha contra el terrorismo, liberar al pueblo de Afganistán y luchar por la libertad. El discurso finaliza con un deseo: “Quiera Dios seguir bendiciendo a América”. Ese mismo día Bin Laden también mencionaba a Dios en una de sus proclamas: “Juro por Dios que América no vivirá en paz hasta que la paz reine en Palestina y hasta que todos los ejércitos de los infieles no salgan de la tierra de Mahoma, la paz será con él. Dios es el más grande y gloria del Islam”.

El Presidente del Gobierno de España, José M. Aznar, en un discurso también pronunciado el 7 de octubre se adhería a la posición norteamericana, con los mismos argumentos, aunque sin mencionar ni una sola vez el nombre de Dios. John Le Carre le pedía a Bush: “dejen a Dios al margen de esto” y significaba que si Dios existiera preferiría que se enviaran alimentos y equipos médicos, se fomentara el desarrollo y se tuviera menos codicia y arrogancia.

La invasión de Afganistán tuvo no sólo el apoyo de la comunidad internacional sino también un soporte legal en el que ampararse. El 12 de septiembre de 2001 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 1368 en la que se declaraba la disposición para adoptar todas las medidas necesarias para responder a los ataques terroristas.

Sin embargo, la respuesta militar es discutible si se considera que no hubo ataque armado por parte del régimen talibán, o también si se considera que la respuesta militar de invadir Afganistán fue proporcionada. Por tanto, se hizo una rigurosa interpretación al considerar que los atentados terroristas fueran un ataque armado. En cuanto a si la respuesta fue necesaria cabe preguntarse si no se podrían haber usado otros medios para conseguir los objetivos de combatir a Al Qaeda distintos del uso de los ejércitos y la consiguiente invasión militar.

Respecto de la proporcionalidad se puede argumentar que la amplitud de la actuación militar fue muy superior a lo necesario, es posible que se hubieran podido desarrollar las operaciones militares sin haber materializado la invasión, y también es criticable la desproporción de ciertas operaciones puntuales que provocaron víctimas inocentes.

Sí que cumplieron con el deber de informar ya que los representantes americanos y británicos lo hicieron el 7 de octubre de 2001 con una carta al presidente del Consejo de Seguridad explicando las razones por las cuales ejercitaban el derecho de legítima defensa; el Consejo avaló la iniciativa. En resumen la legalidad de la invasión de Afganistán, aunque discutible, fue respaldada por el Consejo de Seguridad y la Fuerza Internacional de Asistencia fue autorizada también por el Consejo de Seguridad amparándose en el Capítulo VII de la Carta. No obstante cabría preguntarse si todas estas decisiones de amparo legal, además de discutibles hubieran sido tan consensuadas de no ser por la emotividad que produjeron los atentados del 11-S.

El 11-S alteró la ayuda al desarrollo al priorizar la seguridad por encima de cualquier otro objetivo; está ayuda se comenzó a prestar en función del interés geoestratégico en la lucha contra el terrorismo, fueron los casos de Afganistán, Pakistán y Turquía.

Los atentados del 11-S desataron una “guerra global contra el terrorismo” que comenzó con el ataque a Afganistán, con el apoyo casi unánime de la comunidad internacional y el respaldo de las Naciones Unidas, y continuó con la guerra de Irak que ya no contó con el respaldo internacional ni con el consentimiento de la ONU.

Tras los atentados el gobierno de Bush optó por seguir una política unilateralista al considerarse potencia agredida.  El presidente Bush se opuso al Tribunal penal Internacional y prefirió confiar en los tribunales militares que vulneraban el Derecho Internacional, se negó a firmar la convención contra armas biológicas, anuló el Tratado ABM,  y se negó a cancelar el proyecto de “escudo antimisiles”. El 11-S provocó la incertidumbre de la imposibilidad de identificar al enemigo y por lo tanto el nivel de amenaza. Esta incertidumbre condujo a la militarización de la seguridad con la proyección del poder militar al exterior, y también a la colaboración con otros estados en materia de información y control de finanzas sospechosas de apoyar las actividades terroristas.


[1] “Las Partes acuerdan que un ataque armado contra una o más de ellas, que tenga lugar en Europa o en América del Norte, será considerado como un ataque dirigido contra todas ellas, y en consecuencia, acuerdan que si tal ataque se produce, cada una de ellas, en ejercicio del derecho de legítima defensa individual o colectiva reconocido por el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, ayudar a la Parte o Partes atacadas, adoptando seguidamente, de forma individual y de acuerdo con las otras Partes, las medidas que juzgue necesarias, incluso el empleo de la fuerza armada, para restablecer la seguridad en la zona del Atlántico Norte. Cualquier ataque armado de esta naturaleza y todas las medidas adoptadas en consecuencia serán inmediatamente puestas en conocimiento del Consejo de Seguridad. Estas medidas cesarán cuando el Consejo de Seguridad haya tomado las disposiciones necesarias para restablecer y mantener la paz y la seguridad internacionales”.

Javier Jiménez Olmos

11 de marzo de 2014

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