Protesta y violencia

 

imagen manifestaciónLa tesis del “fin de la historia” de Fukuyama, en la que se proclamaba que el liberalismo había vencido a las ideologías rivales y lo consideraba “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad”, ha quedado superada por los acontecimientos en tan solo veinte años. En este periodo se ha llegado al final del sueño capitalista y ha comenzado una nueva pesadilla que conduce a la desigualdad y puede que a la violencia. En 1989 cayó el “muro de Berlín”, el colapso del sistema soviético se produjo  por la incompetencia de los gestores de la utopía comunista y por su perversión de la idea igualitaria. ¿No se estará ahora derrumbando otro muro? No se puede predecir que si este derrumbe se produce sea tan pacífico como el otro.

El sistema capitalista actual da síntomas de agotamiento, cada vez es mayor la cantidad de personas que se acercan a una vida miserable; en un mundo donde se sacraliza la propiedad frente  a la solidaridad, donde el beneficio prima sobre la dignidad, y donde el poder decide sobre la vida de las personas. Ante tanta injusticia, o violencia estructural, no son sorprendentes las “revueltas” contra el poder dominante.

Son cada vez más los ciudadanos descontentos, los que con su “ración diaria contra el desaliento” tratan de no aceptar con fatalismo sagrado el destino que les toca; intentan cambiar un sistema socioeconómico que provoca desigualdad y pobreza; piensan que existen otras alternativas a las que dictan los oligarcas del sistema.

Las protestas nunca han sido del agrado del poder, se descalifica a los disidentes mediante la violencia cultural o se les reprime sin contemplaciones con violencia directa. Es el doble rasero, los poderosos continúan con sus privilegios, con sus abusos, con sus corrupciones. Para ellos los ciudadanos tienen derecho a votar, y con eso justifican la democracia. Sin embargo, la gran mayoría de las personas no cuentan para nada, sólo unas élites poderosas organizan y deciden por las masas, hasta que estos individuos anónimos no pueden aguantar más y se levantan  para mejorar, modificar o cambiar el sistema.

La violencia no es un hecho casual, ni está producida por la incitación interesada de unos contra otros. La violencia tiene causas profundas, que son las que los líderes sociales tienen la obligación de atajar.  ¿Cuál es el límite de la resistencia humana ante la injusticia? ¿Qué factores influyen para desencadenar la violencia? ¿Cuál es el detonante para que la protesta pacífica se transforme en violenta?

La violencia es incomprensible desde la acomodación y desde la resignación. Pero es cuando los seres humanos se ven acorralados, cuando pierden su dignidad, cuando no hay esperanza de futuro, cuando se les priva de sus bienes, cuando la violencia puede surgir. Ignorarlo es una irresponsabilidad.

Cuando desde organizaciones, tan poco sospechosas de revolucionarias como Cáritas, se informa del alarmante crecimiento de la pobreza y la desigualdad, no se puede perder el tiempo en discursos para descalificar a los que legítima y pacíficamente manifiestan su descontento. La obligación de la sociedad, muy especialmente de sus líderes, es analizar si el funcionamiento del sistema es el adecuado, para reformarlo o cambiarlo, para evitar que el descontento de paso a la violencia directa generalizada.

Javier Jiménez Olmos

19 de enero de 2014

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