Siria: hasta enero demasiado tiempo para sobrevivir

Para el próximo 22 de enero de 2014 está prevista la Conferencia sobre Siria que comenzará en una localidad próxima a Ginebra. Previamente, el  15 de ese mismo mes, se celebrará una conferencia de donantes en Kuwait. El pueblo sirio, mientras tanto, seguirá sufriendo las terribles consecuencias de una guerra civil que comenzó en marzo de 2011. La incompetencia del sistema internacional para resolver este conflicto ha quedado de manifiesto. Los intereses de actores internos y externos no han permitido que se haga ningún avance hacia la paz.

La guerra sigue su curso con el consiguiente desastre humanitario, solo recordado por algunos titulares de prensa cuando las masacres son captadas por los pocos medios de comunicación que se atreven a trabajar en la zona o cuando alguna de las partes interesadas lo divulga como propaganda contra la otra. Pero el sufrimiento es diario para la inmensa mayoría del pueblo sirio.

Un desastre humanitario que contabiliza más de cien mil muertos, seis millones y medio de personas desplazadas, es decir, casi la tercera parte de su población total (22,5 millones) y 2,5 millones de exiliados, la mayor parte de los cuales se encuentran en campamentos de refugiados en países limítrofes como Turquía, Líbano, Jordania o Irak. Las Naciones Unidas han considerado necesario obtener un fondo de 4.720 millones de euros para resolver esta crisis humanitaria.

¿Qué se puede esperar de la anunciada conferencia de enero?

Una previsión complicada a la vista de los intereses tan contrapuestos y por lo avanzado del conflicto. No cabe duda de que la actitud de las potencias, Estados Unidos y Rusia, será decisiva para  encontrar, al menos, un punto de partida para la negociación. Aunque no se debe de olvidar que Arabia Saudí, Turquía, Irán e Israel son fundamentales a la hora de cualquier acuerdo.

La oposición se encuentra fraccionada y enfrentada, con apoyos exteriores, cada uno con sus propios intereses: El Ejército Libre de Siria, apoyados por Estados Unidos, los gobiernos occidentales y Arabia Saudí; los islamistas moderados, ligados a los Hermanos Musulmanes, cuentan con el apoyo de Turquía y Catar; los salafistas de Frente Islámico Sirio, integristas islámicos, anti chiitas, disponen de ayuda de Kuwait; los yihadistas, ligados Al Qaeda, con dos facciones más importantes Al Nusra y El Estado Islámico en Irak de Levante, ambos tienen entre sus filas un gran número de mercenarios extranjeros; y los independentistas kurdos, algunos de los cuales se constituyen en milicias comunistas.

Por su parte, Al Asad ha respirado con los acuerdos para destruir su arsenal químico y con las conversaciones para la paralización del programa nuclear iraní, que han evitado los ataques estadounidenses de represalia. El gobierno de Al Asad, recupera posiciones y continua la represión, aunque ya no se le condene con tanta intensidad por ser un muro de contención contra la expansión de Al Qaeda.

Nadie, excepto Al Qaeda, quiere un régimen islamista radical en Siria, entre otras razones porque de darse esta situación sería un precedente exportable a países vecinos. Así, el choque de civilizaciones anunciado por Huntington no sería tal, sino un choque entre la propia civilización. Musulmanes enfrentados con musulmanes, chiitas contra sunitas, Al Qaeda contra Hezbolá, Arabia Saudí y las monarquías del Golfo contra el Irán persa chií.

Estados Unidos aparentemente ha suavizado su posición con respecto al régimen sirio, fundamentalmente por la complejidad de una intervención, costosísima en términos militares y económicos, el rechazo de la opinión pública y, sobre todo, porque no existe la seguridad de que eliminando a Al Asad sus sucesores fueran más dóciles para los intereses norteamericanos, máxime si se considera la posibilidad de un triunfo de los islamistas más radicales ligados a Al Qaeda.

Rusia no disfruta con la inestabilidad, pero apuesta claramente por un proceso que excluya a los islamistas del poder porque sus fronteras son muy porosas a estos movimientos y no desea que se expandan. Y también prefiere un régimen que le proporcione garantías de conservar su base de Tartus (la única que dispone en el Mediterráneo) y su influencia en la zona.

Irán está con Al Asad, pero no se sabe hasta cuándo podrá mantener este apoyo, sobre todo porque su crisis económica propiciada por embargos y la situación mundial le hacen ser más receptiva a las propuestas occidentales lideradas por Estados Unidos. Hezbolá, guerrilla chiita libanesa, también está aliada con Irán y Al Asad.

Turquía es un primer receptor de la inestabilidad, por la expansión del yihadismo, por su pertenencia a la OTAN, que le enfrenta con Irán, y por los miles de refugiados que está acogiendo. Jordania, temerosa de que todo el conflicto afecte a su relativa estabilidad. Irak, no necesita más problemas de los que tiene. Y el Líbano, que puede resultar envuelto en el otra contienda civil a la vista de los últimos atentados entre facciones suníes y chiíes, con ataques con coches bombas indiscriminados y asesinatos de dirigentes de ambas facciones. Israel juega la carta del desconcierto y la división, probablemente la que más le interesa, ya que un enemigo dividido es un enemigo debilitado. Con todo, también ha aprendido a convivir con dictadores enemigos como Mubarak y Al Asad que le proporcionaban estabilidad.

En principio sería bueno que todos acudieran, incluso los más radicales; sin la participación de todas las partes en conflicto se corre el riesgo dejar fuera a los grupos que pueden boicotear cualquier proceso. También convendría invitar a organizaciones no gubernamentales, menos interesadas en asuntos económicos y militares, que pudieran servir de mediadores. En este sentido, la participación de La Liga de Mujeres Sirias contra la guerra, podría proporcionar una gran aportación al proceso de paz.

A la hora de limar asperezas la Liga Árabe, encabezada por Arabia Saudí, puede jugar un papel fundamental con los grupos de oposición menos radicales. Sin embargo, el tratamiento de las facciones ligadas a Al Qaeda ofrece una mayor complejidad en la que posiblemente no sólo haga falta diplomacia.

El principal asunto a tratar será la transición o caída del régimen de Al Asad. Las experiencias cercanas demuestran que las transiciones aceleradas producen más inestabilidad, por lo que se debería tratar de la sustitución de Al Asad por un  gobierno de coalición respaldado y apoyado por las Naciones Unidas, la Liga Árabe, Rusia y las potencias occidentales. No sería conveniente una depuración al estilo iraquí, que significó la destrucción de todo el aparato y la administración del Estado.

La solución más factible pasa por garantizar una salida lo más digna posible a los partidarios de Al Asad y su integración en el nuevo sistema. Esto no excluye que los que hayan cometido crímenes de guerra en cualquiera de los dos bandos sean juzgados por los tribunales internacionales competentes. El gobierno provisional sería el encargado, bajo supervisión internacional, de convocar elecciones libres que dieran lugar a un proceso constituyente integrador de todas las partes, para lo que habría que conseguir un nivel de seguridad adecuado.

Para ese empeño no hay otro remedio que el del despliegue de una importante fuerza multinacional avalada por una resolución del Consejo de Seguridad, con el objetivo prioritario de impedir los enfrentamientos y de desarmar a cualquier milicia activa. Las fuerzas armadas sirias pasarían a estar directamente controladas y supervisadas por esa fuerza de la ONU.

Irán puede colaborar a esta transición si se le garantiza una continuidad en las negociaciones sobre su programa nuclear, de modo que consiga ventajas económicas que actualmente tanto necesita. Hezbolá, como sucede en el otro bando con Al Qaeda, tiene en sus filas demasiados extremistas, cuyo trato es mucho más dificultoso e imprevisible y, por lo tanto, puede que el diálogo no sea el único camino. En cualquier caso si se consigue el apoyo iraní, Hezbolá puede debilitarse.

Un camino lleno de obstáculos que hay que salvar con mucho diálogo, buena voluntad y abundante ayuda económica internacional será la única forma de que las partes cedan y puedan hacer concesiones. Y mientras tanto, el desastre humanitario se incrementa y la solución parece más dificultosa. Ni siquiera se han logrado unos mínimos de acuerdo para establecer corredores humanitarios para proteger a la población civil y ayudarla a salvar el invierno.

Plantearse otras hipótesis al amparo del  capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, empleando el uso de la fuerza si fuera necesario, justificándola como injerencia humanitaria para proteger a la población civil, podría ser otra posibilidad. Pero ¿resolvería la situación esta intervención o la agravaría y extendería más el conflicto y, por lo tanto, el desastre humanitario?

Ha transcurrido demasiado tiempo de inoperancia e ineficacia de las organizaciones internacionales, en especial de las Naciones Unidas, cuya reforma se hace cada vez más necesaria. Demasiado tiempo hasta el 22 de enero, demasiado tiempo para que muchos puedan sobrevivir.

Javier Jiménez Olmos

26 de diciembre de 2013

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