Siria, demasiados interrogantes para la paz

Los primeros pasos del actual mandatario de Siria, Bashar Al-Asad, al frente de su país parecían indicar que suavizaría la política seguida por su padre y antecesor en el cargo, Hafiz Al-Asad. Tras su proclamación como presidente de la república indultó a presos políticos de diversas tendencias, entre los que se encontraban comunistas y hermanos musulmanes, e incluso se permitieron algunos partidos políticos distintos del oficial Ba´ath y una ligera libertad de prensa de estos grupos políticos.

La dinastía Asad gobierna Siria desde el año 1970, cuando Hafiz Al-Asad llegó al poder mediante un golpe de Estado. Desde entonces el país ha sido gobernado a los dictados de esta familia apoyándose en el partido Ba´ath, en las fuerzas armadas y en la policía política, en los que ha situado al frente a miembros de la familia alauí, minoría religiosa a la que él pertenecía, para asegurarse de su lealtad.

A pesar, de las sucesivas derrotas en las guerras contra el Estado de Israel, Hafiz Al-Asad se mantuvo en el poder hasta su muerte a causa de un infarto en el año 2000. Este hecho puede deberse, además de a la represión política de los opositores, a dos razones: la primera, el régimen de Asad ha tenido como principal aliado a los chiíes iraníes y la antigua Unión Soviética y su sucesora Rusia; la segunda, en los últimos tiempos Israel y sus aliados se percataron de que con los Asad en el poder se aseguraban una cierta estabilidad ante la hipotética destitución de esta familia por impredecibles grupos islamistas.

Mucho antes de comenzar las revueltas de la llamada primavera árabe en el año 2010, intelectuales y disidentes políticos ya habían publicado un manifiesto en el año 2000 en el que exigían se pusiera fin al estado de emergencia que regía el país desde 1963 y se concediera una amnistía para los presos políticos y libertad de expresión. La respuesta del régimen fue una nueva ola de represión.

No obstante, la inicial percepción del afán liberalizador de Bashar Al-Asad, la realidad ha sido bien distinta ya que acreditadas organizaciones internacionales en la defensa de los derechos humanos, como Amnistía Internacional o Human Rigths Watch, han denunciado violaciones de tales derechos de forma continua en Siria.

Como en otros lugares, la crisis económica ha pasado factura al régimen de Al-Asad. Una crisis que ha puesto de manifiesto la corrupción de un sistema en el que unos pocos privilegiados, generalmente ligados a la familia Asad, se lucraban de la situación, mientras se incrementaban las desigualdades sociales, se deterioraban los servicios públicos y aumentaba el coste de la vida.

Sin embargo, al comienzo de la primavera árabe, Bashar Al-Asad declaraba que esas revueltas solo se daban en los países bajo el paraguas del capitalismo norteamericano. Muy a su pesar, las protestas se fueron generalizando. Al comienzo el régimen de Asad intentó usar la mano dura al mismo tiempo que hacía algunas concesiones a los que se consideraban opositores moderados. Pero conforme las protestas, mayoritariamente pacíficas en sus comienzos, eran seguidas de represión, los grupos opositores se organizaban para oponerse al régimen mediante la lucha armada. La violencia se fue imponiendo por ambas bandos de una sociedad donde se había larvado un conflicto desde hacía décadas.

¿Qué hacía entonces la Comunidad Internacional? Como en tantas ocasiones dividida según sus intereses en la región y sin importarle demasiado el sufrimiento de una gran mayoría del pueblo sirio. Situación que permanece hasta estos momentos. Ni Estados Unidos, ni la Unión Europea realizaron los esfuerzos diplomáticos que requería la situación de modo que se pudiera solventar el conflicto mediante el diálogo entre las partes. Tampoco Rusia o China actuaron debidamente como intermediarios entre las partes. Los occidentales preocupados por la desestabilización que pudiera causar la caída del régimen de Asad; rusos y chinos también preferían que siguiera Asad en el poder.

Mientras, la Liga Árabe, más preocupada por sus intereses petrolíferos y gasísticos en competencia con sus vecinos persas, azuzaba los vientos de la discordia para debilitar el poder de Irán a través de la eliminación de su principal aliado sirio. Ya lo habían hecho anteriormente apoyando al “temible” Sadam Hussein iraquí en su guerra contra Irán. Una Liga Árabe en la que las petromonarquías del Golfo no gozan de ningún prestigio moral para defender propuestas de cambio democrático en  ningún país. Las rivalidades ancestrales entre persas y árabes, acrecentadas por las religiosas –los árabes suníes y los persas chiíes-, son potenciadoras de las más actuales luchas económicas y de poder en la región.

La Comunidad Internacional contribuyó a que las revueltas se convirtieran en conflicto y después en guerra civil. Primero por su inacción diplomática y después por su partidismo, cada uno con su bando, a los que han armado en la medida de lo posible. Mientras, la cifra de víctimas mortales alcanza las cien mil, sin contar los millares de  heridos, además de dos millones de personas desplazadas, huyendo de la crueldad de una guerra civil, donde ya no es posible distinguir entre “buenos y malos”.

En la amalgama de combatientes resulta difícil distinguir las facciones, algunas de las cuales combaten también entre ellas mismas. Por tratar de hacer alguna distinción entre los rebeldes podíamos distinguir al principio del conflicto entre el Consejo Nacional Sirio (CNS) y el Comité de Coordinación Nacional Sirio (CCNS). El primero (CNS) lo componían los Hermanos Musulmanes, independentistas kurdos, caldeos y también algunos grupos minoritarios de aluitas, cristianos y drusos. El CNS desde el primer momento se mostró intransigente con el diálogo con Asad, del que sólo querían su derrocamiento. El segundo grupo de rebeldes (CCNS) estaba compuesto mayoritariamente por partidos laicos que si estaban dispuestos al diálogo.

El CNS creó el Ejército Libre de Siria (ELS) que comenzó la lucha armada contra el régimen de Asad. Este pudo ser una de las causas de la agravación del conflicto. Los rebeldes laicos no convenían seguramente a los intereses occidentales, por lo que no recibieron el apoyo suficiente para el diálogo y la progresiva transición democrática. En cambio el CNS y el ELS si recibieron ayudas de Arabia y Qatar principalmente, lo que significó que se radicalizara el conflicto. Después la Unión Europea, en mayo de 2013, levantó el embargo de venta de armas a los contendientes a favor de los rebeldes. Una ayuda militar que también aportaba Turquía y Estados Unidos.

La guerra civil ya era un hecho y ante la desestabilización de la región, con consecuencias impredecibles para la paz y ante el peligro que los intereses de las potencias económico-militares podían correr, la Comunidad Internacional comenzó a darse cuenta del drama humanitario. Y la excusa de la “responsabilidad de proteger” a través del derecho de injerencia pone sobre la mesa el uso del poder militar.

¿La historia se repite? El pretexto, aún no demostrado, del uso de armas químicas por parte del régimen de Asad provoca la acción humanitaria por parte de los Estados Unidos y algunos de sus aliados, puede que esta vez Francia. Se han necesitado miles de muertos y heridos, exiliados, desplazados para que con un presunto ataque químico se percataran del sufrimiento del pueblo sirio.

La solución, los bombardeos, el poder de las armas, aún sin el consentimiento de las Naciones Unidas, aún sin el apoyo de la opinión pública y sin la autoridad que confiere el actuar de acuerdo con las leyes internacionales. Pero no es la primera vez, ya se hizo en Bosnia, Kosovo e Irak. Pero los bombardeos y las invasiones, a pesar del consentimiento de las Naciones Unidas –como Afganistán y Libia- resultan poco eficaces, incluso en el corto plazo.

En Bosnia los bombardeos de la OTAN sobre posiciones serbias en 1993 provocaron más represión. En Kosovo éxodos masivos, víctimas colaterales, una posterior declaración de independencia en contra de la resolución 1244 del Consejo de Seguridad de la ONU y, eso sí, que los norteamericanos, al amparo de la OTAN instalaran en este país “títere” su base militar más importante en el mundo, Bondsteel, desde donde ejercen su influencia en Oriente Medio. De Irak solo baste leer las informaciones diarias para ver en qué se ha convertido ese Estado; lo mismo se puede decir de Afganistán. En cuanto a Libia, nada se sabe, aunque parece ser que los actuales gobernantes tampoco son muy proclives a los valores democráticos, lo que sí parece a salvo son los intereses de las grandes compañías de gas y petróleo.

Las soluciones militares no son otra cosa que el fracaso de las relaciones internacionales, de la incapacidad de las grandes potencias para negociar sin imponer. La guerra es siempre la peor de las opciones. ¿Qué hubiera sucedido si en lugar de emplear la fuerza militar se hubiera optado por la negociación en todos los casos expuestos? Seguramente se habrían evitado millares de desgracias humanas. Es posible que las transiciones hacia regímenes democráticos hubiera sido lenta, pero la imposición de la democracia no ha dado resultado y las consecuencias de las intervenciones militares han causado condiciones de vida mucho más duras que las de los dictadores derrocados.

Para llegar a la democracia hay que pasar por ciertos estadios que no se alcanzan a fuerza de cañonazos. Es necesario el desarrollo económico y social, el fomento de la educación, la cultura, la salud, el respeto; y eso no se consigue con las bombas sino con la cooperación, con la ayuda, con el diálogo.

Pero en la guerra de Siria, como en la de otros lugares, los intereses priman sobre los valores. Aquí cada actor exterior apoya a su bando en función de lo que le conviene. Estados Unidos quiere seguir siendo la potencia hegemónica en esa parte del mundo y en todas, por lo que apoya lo que le conviene: apoyar a Israel y sus aliadas petromonarquías del Golfo Pérsico, contener la influencia rusa china y disuadir a los iraníes de cualquier acción contra la estabilidad del la región. Francia, que se suma a la contienda, pretende hacerse ver en una zona que fue parte de su imperio al mismo tiempo que busca la oportunidad de que sus empresas puedan aprovecharse de un posible reparto cuando caiga Al Asad.

La Unión Europea está desaparecida en este conflicto. La Liga Árabe al servicio de los poderosos jerarcas propietarios del abundante gas y petróleo de la península arábiga. Y las Naciones Unidas atascadas por un derecho de veto que impide cualquier resolución que no convenga a los miembros del Consejo de Seguridad.

Por la otra, Rusia defiende sus ventas de armas a Siria, su base naval de Tartus en territorio sirio –la única que posee en el Mediterráneo- continuar con su influencia en la zona, y, sobre todo, contener la expansión del fundamentalismo islámico que pueda extenderse en las ex repúblicas soviéticas fronterizas e incluso dentro de su mismo territorio. China, aunque más callada, defiende a Al-Asad principal aliado de Irán, país del que los chinos reciben el 30% del petróleo que consumen, además de gas y con el que mantienen importantes lazos comerciales y también la consabida expansión de las influencias de poder como hacen todas las grandes potencias.

Irán es una de las claves. Hay analistas que piensan que los posibles ataques a Siria por parte norteamericana son una advertencia a los iraníes. El Irán chií apoya al aluita Al Asad y a la guerrilla libanesa de Hezbolá. El nuevo presidente iraní Hasan Rouani, más moderado que su antecesor Ahmadinejad, no ha renunciado a ninguno de los postulados de este. Aunque ha condenado el uso de armas químicas, no renuncia a apoyar el régimen de Al Asad.

Israel ha adoptado un perfil bajo, al menos en apariencia, en toda esta crisis, posiblemente se encontrará cómodo con Al-Asad, con una estabilidad que le daba cierto grado de seguridad y temeroso de que los islamistas radicales, caso de triunfar en esta guerra civil, reanudaran su hostilidad contra ellos. Casi se podría decir que Israel se encuentra seguro con la situación, sin vencedores ni vencidos, de modo que nadie pueda ejercer presión sobre ellos.

Un hecho preocupante es que entre las fuerzas rebeldes empiezan a predominar los grupos radicales salafistas como Ahrar al Sham, las Brigadas de Tawhid y la Yama Islamiya. Según fuentes rusas otro de estos grupos, el Frente al Nusra vinculado a Al Qaeda, podía disponer de armas químicas. Si la Comunidad Internacional hubiera intervenido con acierto mucho antes se podría haber evitado esta radicalización, Ahora, por paradójico que parezca, el apoyo occidental a los rebeldes puede beneficiar a Al Qaeda y otros grupos terroristas.

¿De que servirán los ataques militares por parte de Estados Unidos? Es algo difícil de entender y de pronosticar. Por una parte el presidente Obama, -conviene recordar que es premio Nobel de la Paz- actuó de manera muy cautelosa en este conflicto marcando los límites para intervenir en el uso de armas de destrucción masiva. Ahora, según sus servicios de inteligencia, Al-Asad las ha usado contra su pueblo. Pero Obama está atrapado por la opinión pública norteamericana y mundial, cansadas de guerras a las que no ven ningún sentido y de las que no obtienen otro beneficio que el incremento de la deuda pública que tan negativamente repercute en sus economías. Por eso ha dudado, y también porque sus más leales aliados británicos le han dejado solo, aunque esta vez se le sume Francia.

Obama gobierna en un país donde los poderes económicos actúan en la sombra y deciden lo que hacer y lo que no hacer. Ante los posibles ataques sube el petróleo, ¿quién se beneficia de ello? Las empresas de armamento se frotan las manos, por ejemplo, cada Tomahawk cuesta como media un millón de dólares, los fabrica la empresa Raytheon que tiene más de setenta mil trabajadores y facturó por un importe de 25.000 millones de dólares en el 2011.

Pero, ¿servirán estos ataques para que los sirios y todos los habitantes de Oriente Medio puedan vivir mejor? ¿Qué ocurrirá si los bombardeos consiguen la caída del régimen de Al Assad? ¿Se detendrá la guerra civil? ¿Se cometerán los mismos errores que en Irak desmantelando el ejército, la administración del Estado y convirtiendo a Siria en otro Estado fallido? ¿Quién o qué facciones se harán cargo del gobierno de la nación? ¿Serán capaces de proporcionar mayor bienestar y estabilidad en el país? ¿Cómo reaccionará la comunidad musulmana mundial? Demasiados interrogantes para contestarlos con el simplismo de un ataque militar justificado como injerencia humanitaria, que ni tan siquiera goza del apoyo internacional y cuya ejecución pone en entredicho el cumplimiento de la legalidad internacional. Demasiados interrogantes para la paz.

Javier Jiménez Olmos

Zaragoza, 01 de septiembre de 2013

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