COREA DEL NORTE: ¿ALARMA DE GUERRA NUCLEAR?

La guerra de Corea. Historia de un conflicto inacabado

Para que la Guerra Fría tuviera uno de los ingredientes que la caracterizaron faltaba un enfrentamiento indirecto entre los bloques que la protagonizaban, y la ocasión resulto ser Corea. Después de la Segunda Guerra Mundial, Corea quedo dividida en dos zonas controladas, respectivamente, por la Unión Soviética (URSS) y Estados Unidos (EE. UU.). El antiguo protectorado japonés tenía dos dictadores patrocinados, uno en cada zona, Kim il Sung en el norte comunista y Rhee en el sur capitalista. A pesar de algunos intentos de conciliación por parte de las potencias, la situación se volvió insostenible y los incidentes se sucedían de manera continua entre ambos bandos.

Los comunistas tenían muchos partidarios en el Sur, por lo que Rhee no quería que participaran en procesos electorales ya que podían restarle votos o hacerle perder las elecciones; por ello, decidió boicotear las de 1949. El norte tuvo así su excusa para invadir el sur el 25 de junio de 1950: defender a sus perseguidos correligionarios. Para resolver la situación se reunió el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que aprobó el envío de “cascos azules”. La URSS se había retirado meses antes de la organización cuando ésta impidió la incorporación de China comunista. La Resolución fue la 82 de 25 de Junio de 1950, aprobada por nueve votos a favor, ninguno en contra y una abstención, la de Yugoslavia.

Se trataba de una excelente ocasión para que los Estados Unidos hicieran una demostración de fuerza con todas las bendiciones legales. El general MacArthur, héroe de la Guerra Mundial y gobernador del derrotado Japón, fue nombrado comandante de la fuerza multinacional. La operación no resultó tan sencilla, los coreanos del norte contaron con la ayuda de sofisticado armamento soviético y un numerosísimo ejército de soldados chinos en el campo de batalla. MacArthur que veía en peligro la situación militar promovió el empleo del arma nuclear; Truman lo destituyó al considerarlo un riesgo que podía llevar a un enfrentamiento directo con China y la URSS.

Ninguna de las dos superpotencias estaba interesada en tal enfrentamiento directo. Por ello, optaron por la salida negociada y la formalización de división existente antes del conflicto, es decir, dos estados independientes gobernados por los mismos dictadores que antes empezar la guerra. La paz se vio favorecida por las circunstancias: la muerte de Stalin y la toma de posesión de Eisenhower como nuevo Presidente de los Estados Unidos. El armisticio se firmó pocos meses después de estos acontecimientos, el 27 de julio de 1953. Corea quedó dividida en dos Estados, separados por el paralelo 38.

La guerra de Corea, había resultado inútil desde el punto de vista político; sin embargo, ambos bandos sacaron sus conclusiones. La primera, la imposibilidad, por lo absurdo y lo costoso, de un enfrentamiento directo, porque ninguno estaba dispuesto a usar armas nucleares por miedo a que el otro las usara también. No obstante, percibieron que esta clase de actuaciones bélicas indirectas les proporcionaban otro tipo de beneficios, sobre todo para la industria militar convencional un poco paraliza desde el final de la Guerra Mundial. Finalmente, tanto un bando como el otro pudieron sacar al mercado sus nuevos tanques, piezas de artillería y aviones; fue como una feria donde los expositores enseñaron al mundo lo que debían hacer para defenderse de sus enemigos.

Esta guerra no fue una muestra de seguridad colectiva, si por este concepto entendemos el contenido en la Carta de Naciones Unidas resumido de la forma “todos contra el agresor”. El agresor o invasor, en este caso Corea del Norte fue armado y defendido por la Unión Soviética  y China, que también eran miembros del Consejo de Seguridad. Este órgano de Naciones Unidas fue durante toda la Guerra Fría una demostración de que en ese periodo la única legalidad internacional vigente era el “equilibrio del terror”, provocado por la mutua destrucción asegurada si se empleaban los arsenales atómicos que poseían chinos, soviéticos y norteamericanos.

La crisis de los misiles norcoreanos

La exhibición militarista del régimen norcoreano con sus ensayos de misiles de largo alcance y pruebas nucleares están provocando alarma en la comunidad internacional y principalmente en los países vecinos de Corea del Sur y Japón. Estados Unidos, principal aliado y protector militar de ambas naciones, ha mostrado su gran preocupación por esta escalada armamentística norcoreana. La respuesta a las provocaciones norcoreanas ha sido la de efectuar grandes maniobras militares conjuntas con las fuerzas surcoreanas, lo que ha añadido más incertidumbre a la escalada, y las sanciones económicas aprobadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Sobre esta crisis Estados Unidos-Corea del Norte se pueden hacer tres  consideraciones iniciales

  • Si siempre es difícil predecir que puede suceder en un cualquier conflicto, en este caso lo es más aún dada la personalidad de los líderes de las partes enfrentadas. Kin Jong-Um es un dictador acorralado y por tanto, peligroso. Donald Trump lidera una democracia pero su verborrea incontinente produce desasosiego y temor. El primero no tiene oposición, al menos que se conozca y, por consiguiente, dispone de plenos poderes. En cambio Trump no siempre puede traducir en hechos los dictados de sus impulsos, los instrumentos de la democracia norteamericana se lo impiden, incluso es tantas veces matizado y rectificado por sus inmediatos colaboradores.
  • Las informaciones sobre Corea del Norte hay que ponerlas en cuarentena, tanto las que se emiten desde ese mismo Estado, como las que proporcionan los llamados servicios secretos de terceros países y muy especialmente los norteamericanos. La experiencia reciente y pasada nos dice que se pueden difundir falsas realidades para servir a los intereses del momento. Recordemos las bravatas de Sadam Husein sobre sus grandes poderes militares y también las falsas o erróneas informaciones que proporcionaron servicios secretos occidentales sobre sus armas de destrucción masiva
  • Según el SIPRI, el poderío nuclear norteamericano es inmensamente superior al de Corea del Norte, 6500 cabezas nucleares frente a 10-20 de Corea del Norte. Además, no está comprobado que los misiles de largo alcance de los que dispone los norcoreanos posean la capacidad para transportarlas y menos aún que estén dotados de los sistemas de precisión convenientes para alcanzar objetivos muy localizados. Por otra parte, es probable que los sistemas de defensa antimisiles norteamericanos los derribaran a los pocos instantes de su lanzamiento.

En resumen, prudencia en los análisis prospectivos ante la personalidad de los líderes y la propaganda sobre la auténtica capacidad militar norcoreana.

Los análisis sobre las soluciones diplomáticas más probables pasan por Pekín. La economía norcoreana es casi totalmente dependiente de China, el 83% de sus exportaciones y el 85 % de sus importaciones. Es decir, sin el apoyo chino Corea del Norte se arruinaría. China, por esa razón y por ser la potencia mayor en la región Asia-Pacifico, es el actor de mayor relevancia para encontrar un arreglo pacífico en este conflicto. El líder chino Xi Jimping parece más dispuesto a promover  acuerdos sensatos a través de una diplomacia responsable. Bien es sabido que a China no le interesa la unificación de las dos coreas, porque eso significaría entregar a los Estados Unidos una gran ventaja en la región (es de suponer que esa posible unificación sería en favor del régimen surcoreano, pro norteamericano). Pero a los mandatarios chinos no les interesa una escalada de “bravatas” de los líderes norcoreano y norteamericano. Sencillamente China no quiere guerras imprevisibles, prefiere continuar con su política de soft power, que tan buenos resultados le está dando, y que le permite seguir aumentando su capacidad militar por si fuera el caso de sentirse amenazada en sus grandes intereses dentro de su área de influencia en la región Asia-Pacífico.

Otro gran actor es la propia Corea del Sur, que sería la más perjudicada en caso de un conflicto armado con sus vecinos. Conviene recordar que la capital del Norte, Pionyang está tan sólo a 195 kilómetros de la del sur, Seúl; y que esta solo se encuentra unos pocos kilómetros del paralelo 38, frontera de los dos países. El recién elegido presidente surcoreano, Moon Jae-in es un hombre que aboga por las relaciones pacíficas entre ambos países y ha solicitado al presidente norteamericano que disminuya la intensidad de sus declaraciones a favor de soluciones negociadas. Además los coreanos del sur no verían con buenos un ataque norteamericano que pudiera involucrarlos en una peligrosa guerra contra sus hermanos del norte (conviene recordar que en este país dividido existen fuertes lazos familiares separados por una frontera artificial).

Japón, el otro gran protagonista regional, también se vería involucrado en un batalla en la que tiene poco que ganar. Un conflicto que perjudicaría a su economía, no digamos si se produjera algún ataque nuclear, en cuyo caso la repercusión directa sobre su población sería catastrófica.

Tampoco le interesa la confrontación a los emergentes de la región Japón e India, ni a ninguno de los países del sureste asiático. Australia siempre ha seguido la política norteamericana pero, en este caso, no sería tampoco conveniente para sus intereses apoyar una guerra en la región. Europa se mantiene al margen, aunque la canciller Angela Merkel ya ha manifestado su contrariedad y aboga por las soluciones diplomáticas. La OTAN se vería comprometida si los Estados Unidos son atacados, por lo que sus miembros deberán ser muy prudentes para que la escalada no llegue a conflicto armado.

Sí es muy probable que la crisis sea de larga duración, sin soluciones definitivas, a la espera que el régimen de Pionyang se debilite y se transforme o desaparezca; las decisiones de China serán fundamentales para que suceda alguna de estas posibilidades.

A nadie le conviene una guerra, y menos una guerra nuclear; no obstante, como se ha dicho al principio, la personalidad de los líderes contendientes es imprevisible. Por tanto, habrá que confiar en la diplomacia y las sanciones para aplacar la agresividad de Kin Jong-Um, y en los poderes de la democracia norteamericana para contener los impulsos de su Presidente.

Javier Jiménez Olmos

4 de septiembre de 2017

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EDUCACIÓN PARA LA PAZ

Comienza el nuevo curso escolar, muchas ilusiones y esperanzas, preocupación por la educación de las nuevas generaciones. Y, como siempre, el debate sobre el sistema educativo. Todavía no hay consenso en España sobre el modelo a seguir, esperemos que alguna vez se logre.

No cabe duda que la complejidad de elaborar un modelo educativo que satisfaga a toda la sociedad es difícil pero, al menos, se trata de intentarlo y para ello hace falta mucho diálogo abierto y respetuoso.

En ese debate sobre los programas educativos sería muy importante tener en cuenta la educación para la paz. En estos tiempos que reaparecen movimientos intolerantes, agresivos y violentos, convendría educar para la convivencia pacífica entre los seres humanos.

Los conflictos son una constante entre los seres humanos. Siempre han existido y existirán contradicciones por la no coincidencia de los objetivos a alcanzar entre las personas, organizaciones o estados. El conflicto es algo natural. Educar para resolverlos de un modo pacífico debería de ser una asignatura fundamental.

En la educación influyen la cultura adquirida y las pautas de comportamiento. Por tanto, sería primordial revisar la cultura que distingue entre el “nosotros y ellos”, tantas veces en transformada en “dios y satanás”. Y además educar para adquirir pautas de comportamiento respetuosas y dialogantes para quienes entran en conflicto con nuestros objetivos.

Se trata de educar para la cultura de paz en lugar fomentar la cultura de confrontación, que puede llegar a la violencia, el terrorismo o la guerra. Nos hemos educado en una historia de batallas y guerras ganadas, de conquistas militares, de héroes guerreros. Las ciudades del mundo, incluidas las más civilizadas y democráticas, están llenas de monumentos dedicados a victorias militares. Y se sigue odiando y matando en nombre del dios en el que se cree.

Es la cultura de guerra, el choque de civilizaciones para perpetuar la guerra tal y como George Orwell escribió en su obra de ficción 1984 (tan actual, y de tan recomendable lectura) “la guerra no está para ganarla sino para perpetuarla”, así se asegura el poder y el beneficio que genera.

Para resolver el conflicto mediante el diálogo es necesario el conocimiento que se adquiere a través de la educación, la buena educación. La ignorancia es uno de los factores claves para perpetuar los conflictos. El antídoto contra la ignorancia es el conocimiento que proporciona la educación.

El conocimiento conduce al respeto que lleva al diálogo y al acuerdo. La educación para la diversidad, la multiculturalidad, la tolerancia y la comprensión:

  • Educar en valores y derechos humanos: ninguna ley, ninguna ideología, ninguna cultura o religión pueden vulnerar los derechos humanos contemplados en la Declaración Universal de los Derechos de las Naciones Unidas
  • Educar para debatir, para crear un espíritu crítico capaz de revisar cualquier criterio por inmutable que parezca, para discutir las imposiciones ideológicas, religiosas o de cualquier otro tipo.
  • Educar para la comprensión de los conflictos: sus causas y sus consecuencias como mejor manera para comenzar a resolverlos.
  • Educar para afrontar las crisis sin rechazos xenófobos, racistas o sexista.
  • Educar en suma para la seguridad humana y para la paz.

Cultura de paz es un conjunto de:

  • Valores
  • Actitudes
  • Tradiciones
  • Comportamientos
  • Estilos de vida

Basados en:

  • Respeto a la vida, fin de la violencia mediante la educación, diálogo y cooperación
  • Respeto y promoción de los derechos humanos y libertades fundamentales
  • Compromiso de arreglo pacífico de los conflictos
  • Respeto e igualdad entre hombre y mujeres

Es necesaria voluntad política, social, de educadores, de medios y de familias

La educación es el motor de la evolución social, por tanto hay que educar para la paz

Hay que fomentar proyectos de cultura de paz tanto a nivel, local, autonómico, nacional e internacional

SI QUIERES LA PAZ EDÚCATE Y EDUCA PARA LA PAZ

Javier Jiménez Olmos

3 de septiembre de 2017

SIETE REFLEXIONES SOBRE EL TERRORISMO

Estos días de tanto desasosiego, como consecuencia de los atentados terroristas de Barcelona y Cambrils, quisiera compartir algunas reflexiones personales.

Los atentados terroristas, como cualquier otro tipo de violencia, alteran siempre nuestra vida y nuestras emociones. Nadie con un mínimo de sensibilidad humana permanece impasible ante la injusticia de la violencia de unos seres humanos contra otros.

Lo primero y principal es pensar en las víctimas directas, los fallecidos y los heridos, en sus familias y amigos. Pero la barbarie no acaba en ellos, los ideólogos del terrorismo lo saben muy bien, sus planes no terminan con los muertos y heridos, saben que van a producir miedo y desestabilización, y lo hacen a través de una propaganda de  la que inocentemente muchos participan.

Los ideólogos del terrorismo saben que la emotividad producirá reacciones irreflexivas que contribuirán a la espiral del odio. Todos comenzamos  ser víctimas, no de la violencia directa sino de nuestra violencia interna, de  nuestros deseos de venganza, de nuestro rechazo al diferente, al que, injustamente, identificamos con el mal.  También son víctimas las personas de la misma comunidad a la que pertenecen los asesinos, se siente culpabilizados y estigmatizados.

Las redes sociales se han convertido en transmisoras de mensajes xenófobos, racistas e islamófobos. Es posible que algunas personas que los difunden lo hagan de una manera irreflexiva,  llevados  por la emotividad del momento que desata pensamientos que no se tendrían en circunstancias normales o quizás se dejen influenciar por los manipuladores que sí saben muy bien lo que pretenden. Para ello conviene analizar la procedencia e intención de los mensajes que recibimos.

Ante tanta barbaridad que he escuchado y leído estos días me “rebelo democráticamente” y expongo estas mis ideas:

  • No utilizar a las víctimas para intereses partidistas políticos o de otro tipo, es injusto y perverso. Es vergonzoso aprovecharse de las víctimas para manifestar reivindicaciones sectarias o insultar a los que no apoyan esas reivindicaciones.
  • Confiar en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (aquí incluyo a las policías autonómicas y locales). Criticar sus actuaciones en estos momentos es dar ventaja a los terroristas.
  • La seguridad, y menos la ligada al terrorismo, no se puede discutir en público (radio, TV u otros medios). Es un asunto del que dependen vidas humanas y debe ser tratado por expertos profesionales. No es asunto para espectáculos o primicias informativas.
  • Finalizadas todas las investigaciones, por los cauces democráticos establecidos por la legalidad vigente, sí se deberán hacer públicos las conclusiones y las enseñanzas aprendidas (siempre que esta no vayan a servir para que los terroristas también puedan aprender).
  • Una vez se dispongan las conclusiones definitivas, sí será el momento de exigir responsabilidades, si fuera el caso, por las negligencias o fallos procedimentales.
  • La libertad que nos proporciona nuestra democracia es sobre todo un acto de responsabilidad, y la responsabilidad de los demócratas es no hacer el juego al terrorismo con prejuicios o valoraciones sectarias.
  • En resumen, prudencia y paciencia. Los fenómenos complejos, como el terrorista, requieren de un análisis sereno para resolverlos. No hay soluciones fáciles y menos inmediatas.

Javier Jiménez Olmos

29 de agosto 2017

 

Atentados terroristas en Barcelona y Cambrils

Estimados lectores: les adjunto la entrevista, con el autor de este blog, publicada en el el digital HOY Aragón, en la que se aborda el fenómeno terrorista como consecuencia de los atentados de Barcelona y Cambrils el pasado 17 de agosto de 2016

http://www.hoyaragon.es/2017/08/17/considero-a-muchos-yihadistas-unos-pobres-desgraciados-unas-pobres-victimas-manipuladas/

EL COLAPSO DE YUGOSLAVIA

Estos días de verano, con un poco más de tiempo y calma, he vuelto a leer dos magníficos libros sobre la desmembración de la antigua Yugoslavia. El primero se titula La  fábrica de fronteras (Francisco Veiga, Alianza Editorial, 2010)  y el segundo, más reciente, se trata de Y llegó la barbarie (José Ángel Ruiz Jiménez, Planeta, 2016).

Aunque las circunstancias son diferentes para cada caso, sí que se pueden extraer algunas enseñanzas válidas para determinados procesos en otros lugares donde existen reivindicaciones separatistas. Lo escrito a continuación se debe en gran parte a la lectura de esos libros y a mis experiencias profesionales.

Yugoslavia fue una creación artificial nacida en siglo XIX para liberarse de la opresión del imperio austro-húngaro de una parte, y del otomano de otra. Aunque durante la mencionada II Guerra Mundial los croatas se escindieron con el régimen fascista de la ustasa. Al finalizar esa contienda, el Mariscal Tito diseñó una Yugoslavia constituida por seis repúblicas (Serbia, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro, y Bosnia y Herzegovina) y dos provincias autónomas (Vojvodina y Kosovo).

Cada una de estas repúblicas tenía su propio parlamento y una gran autonomía que acabaron con el centralismo serbio. Casi la mitad de los serbios vivían fuera de su territorio natural. La población de Bosnia y Herzegovina era una mezcla de serbios croatas y musulmanes, pero tanto serbios como croatas siempre reivindicaron una parte de ese territorio.

Tito basó la convivencia en la descentralización, con un poder federal supeditado al Consejo de las Repúblicas, cuyos componentes disponían del derecho de veto. Todo permaneció en aparente calma por la cohesión que proporcionaba Tito, y también por el control de su policía secreta UDBA. El mariscal, además, gozaba del prestigio exterior por su “rebelión” contra los mandatarios soviéticos y por la implantación del llamado “socialismo de rostro humano” en contraposición con el “socialismo estalinista”.

Tito logró una Yugoslavia con apariencia compacta en la que se alcanzó una educación y sanidad gratuita, casi pleno empleo, crecimiento económico, cien por cien de alfabetización, y el transporte público estaba subvencionado. Las repúblicas dispusieron en principio de una amplia autonomía y les fueron transferidas la competencias en educación, justicia y seguridad pública (cada república disponía de sus propia policía).

A partir de los años sesenta comenzaron a aparecer líderes locales que querían limitar los poderes federales en beneficio de los intereses nacionales de sus respectivas repúblicas. Estas, lideradas por esos nuevos oligarcas, comenzaron a exigir más transferencias a al gobierno federal, al que acusaban de centralista y autoritario, haciendo gala de victimismo para favorecer sus intereses.

El gobierno federal cedía ante las presiones de las repúblicas, con lo que cada vez se hacía más débil, hasta que llegó un momento en que ya no le quedaban otras competencias que las del Ejército Popular Yugoslavo (JNA), la representación internacional y la emisión de moneda. La única reivindicación que faltaba era la independencia total.

Se dio el paradójico caso que, incluso, el sólido Partido Comunista se escindió y sus líderes comenzaron a pensar más en clave nacionalista que solidaria internacionalista. Enseguida se comenzaron a notar los desequilibrios sociales y económicos a favor de Eslovenia y Croacia que no eran muy proclives a compartir sus privilegios con otras repúblicas. El discurso excluyente se hizo patente con la grave crisis económica de 1973.

La prosperidad de la Yugoslavia de Tito encontraba uno de sus pilares en los ingresos por el turismo, sin embargo la crisis de los 80,s perjudicó el sector. Uno de los otros pilares era el apoyo económico de los Estados Unidos, que se derrumbó con la caída del muro de Berlín; los norteamericanos ya no tenían que apoyar los comunistas rebeldes de su enemiga Unión Soviética, querían que el comunismo desapareciera definitivamente de Europa. La prioridad norteamericana era expandirse hacia el Este apoyando sin reservas a los ex satélites soviéticos, como Checoslovaquia (todavía no escindida), Polonia, y Hungría, entre otros países.

Cuando Tito desaparece en la primavera de 1980, los líderes nacionalistas aprovechan para reivindicar la independencia. Las excusas: el deseo de romper con los comunistas serbios para acabar con su centralismo autoritario, y su derecho a la autodeterminación. El conflicto estaba servido. Se comenzó a fomentar la exclusión con la distinción entre “nosotros, los buenos” y “los otros, los malos”, entre la “nuestra patria” y “el enemigo”. Había que conseguir la independencia por la vía legal y pacífica, o por la fuerza. Se comenzó a revisar la historia según el interés que conviniera a cada bando enfrentado y se propagó la exaltación de la cultura propia contra la de los demás.

Muchos medios de comunicación e intelectuales se pusieron al servicio de los dictados nacionalistas. Fueron frecuentes los escritos y discursos sobre batallas ganadas o perdidas. Incluso los partidos de izquierdas de tanta tradición internacionalista, como el comunista, se plegaron al discurso nacionalista. La negociación se entendió como debilidad.

El resto de la historia también la conocemosodio, destrucción y guerra

¿Mereció la pena?

Javier Jiménez Olmos

7 agosto 2017

CORRUPTOS, CORRUPTORES Y COLABORADORES

La corrupción, junto con el paro, es una de las principales preocupaciones de los españoles. Es una lacra profunda que socava los cimientos de la convivencia democrática de cualquier sociedad. La corrupción es uno de los factores que conducen a la fragilidad de los Estados. Cuando los ciudadanos dejan de confiar en sus gobernantes e instituciones fundamentales, tanto públicas como privadas, la democracia está en peligro.

No es un alarmismo injustificado, no es crear desánimo, ni provocar desasosiego, no es fomentar actitudes anti sistema, no, no es eso. Es simplemente un ejercicio de realismo y una reflexión para evitar las nefastas consecuencias de la corrupción. La corrupción es violencia estructural, una violencia que afecta a toda la sociedad en un doble sentido: de una parte, por el gran perjuicio económico inmediato de todos para beneficio de unos pocos; de otra, por la desmoralización de las personas que actúan honradamente y ven como unos malhechores se enriquecen a su costa.

Cuando los ciudadanos dejan de confiar en sus gobernantes e instituciones fundamentales, la democracia está en peligro

Conviene recordar que la violencia estructural es una de las principales causa de la violencia directa: la violencia física. Los estados frágiles son más propensos a este tipo de violencia directa que los estados que disponen de mecanismos capaces de detectar y castigar la corrupción al nivel que se dé, y sea quien sea quien la produzca.

La corrupción tiene varios actores: corruptores, corruptos y colaboradores. Normalmente sólo se habla de los dos primeros, de los que su papel en este fenómeno es muy claro y perfectamente identificable. Sin embargo, quisiera incidir en el tercer grupo, los colaboradores, tan necesarios como los anteriores para que la corrupción pueda sobrevivir hasta perpetuarse.

Entre los colaboradores están los interesados, los que sacan algún beneficio de la corrupción, casi se podrían considerar dentro del grupo de los corruptos, aunque sus beneficios sean mínimos. Dentro de estos interesados están aquellos que sabiendo que existe la corrupción y conociendo quienes son los corruptos, los dejan obrar de manera ilícita por complacencia, para no molestar y así conseguir su beneplácito y sus favores, en forma de ayudas económicas directas o a través de ascenso a puestos mejor remunerados.

Pero, también hay colaboradores que lo son por afinidad ideológica, partidista o corporativa. Es posible hasta que sean bien intencionados. Pueden llegar a pensar que ninguno de de los “suyos” es capaz de cometer semejantes tropelías, que las acusaciones de corrupción contra sus afines o compañeros son producto de conspiraciones provocadas desde aquellos que no piensan como ellos o pertenecen a otros sectores sociales.

“Hay colaboradores que lo son por afinidad ideológica, partidista o corporativa”

A este último grupo de colaboradores va dirigida especialmente esta reflexión, porque sin apoyo social la corrupción se desmantela. No se trata de renunciar a ideales, lo que se pretende es precisamente exigir a aquellos que comparte nuestros ideales una mayor honestidad. Abandonar el aplauso incondicional por la crítica constructiva, por la denuncia de corruptores y corruptos. Sin colaboradores la corrupción no tiene futuro.

Javier Jiménez Olmos

Publicado en HOY ARAGÓN el 28 de abril de 2017

http://www.hoyaragon.es/2017/04/28/corruptos-corruptores-y-colaboradores/

Mi bandera siempre está a media asta

Las banderas a media asta simbolizan luto y pesar por la muerte de alguien. Es una señal de reconocimiento y solidaridad. Mi bandera lleva a media asta mucho tiempo.

Mi bandera permanece a media asta por todas aquellas personas víctimas de las guerras, casi siempre injustas; por los miles de seres humanos que mueren como consecuencia de las armas, que a algunos tantos beneficios le producen.

Tengo mi bandera a media asta por las víctimas del hambre, de la opresión, de la tortura, de la indignidad, producidas por un sistema socio-económico que produce tanta desigualdad.

Tengo mi bandera a media asta por todas las mujeres víctimas de la violencia machista, sostenida desde una educación que fomenta la supremacía de los varones.

Tengo mi bandera a media asta por las víctimas de la xenofobia y el racismo, alimentada desde la ignorancia y el desconocimiento de la diversidad.

Tengo mi bandera a media asta por las víctimas de los fundamentalismos, propiciados en  nombre del nacionalismo o la religión.

Tengo mi bandera a media asta por el dolor que me produce el sufrimiento humano, la tengo a diario, también en nombre de Jesús, que sufrió, por amor a los demás,  persecución, tortura y del poder dominante de su tiempo hasta causarle la muerte.

No necesito que nadie me obligue a tener mi bandera a media asta en nombre de Jesús durante unos pocos días, yo la tengo a diario, mientras dure la injusticia, mientras haya una sola víctima inocente de la negligencia, de la corrupción o de la violencia.

Mi bandera seguirá a media asta más allá de unos pocos días, sin perder la esperanza de que algún día se ice por completo.

Javier Jiménez Olmos

14 de abril de 2017

Publicado en http://www.hoyaragon.es/2017/04/14/mi-bandera-siempre-esta-a-media-asta/

Escalada en Siria. Trump usa los misiles Tomahawk

“La guerra es una masacre para conseguir la paz entre gentes que no se conocen,

para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran”

George Orwell en 1984

La guerra de Siria no ha comenzado el 4 de abril con los ataques con armas químicas a la ciudad de Jan Sheijun, como tampoco lo hizo el 21 de agosto de 2013 con ese otro ataque de las mismas armas en un barrio de Damasco. Los efectos en ambas ocasiones han sido devastadores. Pero esa guerra dura ya siete años, y son cientos de millares los muertos y heridos, millones los desplazados y refugiados.

La tragedia diaria de la guerra y sus consecuencias parece a veces olvidada, sin apenas titulares de las personas que a diario sufren la barbaridad de la guerra. Solo de vez en cuando, como ahora, por los ataques con armas químicas y por las represalias contra ellos, vuelve a las primeras páginas de actualidad. Y mientras, ¿qué hacen la comunidad internacional y los gobiernos? ¿Y qué hacemos la sociedad civil, “las personas de a pie”?

Si realmente se quisiera acabar con esta terrible guerra de Siria, habría que reflexionar sobre si el camino de añadir más violencia puede ser la solución. Antes de tomar cualquier acción militar habría que pensar si se ajusta a derecho internacional y si va a causar víctimas civiles. Las respuestas militares no deben obedecer al castigo y la represalia por acciones cometidas por los bandos enfrentados, ni mucho menos convertirse en acto de pura venganza.

Nadie va a discutir que el uso de armas químicas es un crimen de guerra, pero lo primero que se debe de hacer es tener claro quién lo ha cometido. Esa es la primera premisa, porque la experiencia demuestra que no siempre se sabe con certeza ni se disponen de pruebas concluyentes para declarar culpable a un presunto autor. Más aún, en una guerra la propaganda puede hacer parecer verdad ante la opinión pública lo que no nunca fue.

En esta guerra de Siria, como en todas sale a la luz lo peor del ser humano, y las violaciones de los derechos humanos y las masacres las cometen todos los bandos, aunque al final solo se juzgue a los perdedores. La propaganda nos hace tomar partido, sin darnos cuenta nos posicionamos con unos o con otros. Ese es el gran juego de los que sacan provecho de la guerra. No nos dejan libertad para pensar que el sufrimiento humano no distingue de bandos.

Estados Unidos y la mayor parte de la comunidad internacional han mirado hacia otro lado mientras el régimen de Al Asad, apoyado por Rusia cometía atrocidades contra el pueblo sirio, como cuando las cometían los opositores. Las organizaciones de derechos humanos acusan a ambos bandos de violaciones de las leyes internacionales y los derechos humanos. Pero parece que durante el último periodo de la guerra había un consenso no declarado de consentir a Rusia sostener el régimen de Al Asad.

Con el nuevo  presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump – cuya principal propuesta para la paz mundial es incrementar el presupuesto militar estadounidense en casi un nueve por ciento- todo ha cambiado  y ha encontrado una excusa para emplear  la fuerza militar con dureza en Siria. Los 59 misiles tomahawk lanzados sobre la base militar siria de Al-Sayrat no son ninguna broma. El pretexto de ese ataque como castigo por el presunto uso de la aviación siria de armas químicas también parece suficiente para la mayoría de los gobiernos aliados occidentales.

Esos misiles son una verdadera tarjeta de visita explosiva, un aviso a amigos y a enemigos. A su, hasta ahora, “amigo” Putin para decirle quien manda, por si acaso se le ocurre elevar el tono. A sus amigos y aliados europeos para lo mismo: aquí estoy yo, o estás conmigo o contra mí. A su protegido Israel para asegurarle su apoyo incondicional. A los enemigos como Corea del Norte para mostrarle que no le temblará el pulso para actuar militarmente. Todo el mundo debe saber que “el imperio” no ha muerto, que su potencial militar puede caer sobre la cabeza de quien ose desafiarlo.

Sin embargo, la historia nos enseña que la violencia militarista casi nunca resuelve los conflictos, más aún, los recrudece y fomenta más odio que genera más violencia. Las muestras recientes las tenemos en Afganistán, Irak y Libia. ¿qué se ha conseguido con intervenciones militares después del 11S? ¿se ha disminuido la violencia? ¿viven mejor sus habitantes? ¿hay más estabilidad en esos países? ¿se ha acabado con el terrorismo?

La emotividad que nos invade tras un atentado terrorista o un ataque con armas químicas no puede hacernos perder la razón. Las respuestas a esas acciones se deben enmarcar dentro de la legalidad internacional y los derechos humanos que nos hemos dado en las sociedades democráticas. Cualquier acción militar debe de estar amparada por esa legalidad internacional. Nadie puede actuar al margen de ella, porque si lo hace se pondrá al mismo nivel de aquellos que ya la han infringido.

Además, en el caso de la guerra de Siria en particular y de los conflictos en Oriente Medio en general, la escalada puede conducir a una guerra de dimensiones desproporcionadas. Por eso, se requiere: de los dirigentes internacionales y nacionales mucha prudencia, de los medios de comunicación que no contribuyan a fomentar la división y el odio entre los seres humanos, de las “personas de a pie” una reflexión a favor de la paz, y de todos un análisis sobre las causas de la violencia como mejor manera de poder acabar con ella.

“La verdad es más importante que la paz, porque la mentira es la madre de las guerras”

Mohandas Gandhi

Javier Jiménez Olmos

7 de abril de 2017

Responsabilidad de informar con responsabilidad: informar sin descalificar ni insultar

Reconozco que leo con muchas reservas los artículos de artículos de opinión de determinadas “estrellas del periodismo”, que opinan sobre todos los temas. No se ofendan los escritores de los mismos, pero yo prefiero tener la mía propia: mi opinión fundada en la experiencia, la documentación y la argumentación. La experiencia es muy importante a la hora de formarse una opinión sobre algo, y mi experiencia me ha enseñado a dudar de esos “opinantes” profesionales.

No me convence que opinen sin aportar documentación alguna. No digo que no la tengan, lo que digo es que no la aportan, y por eso dudo de lo que dicen. El recurso a las fuentes secretas, o decir que “lo he escuchado a terceros”, tiene poco o ningún valor intelectual. La buena argumentación es consecuencia de una buena documentación, aunque estos “maestros de la comunicación” tienen la capacidad de disfrazar sus discursos con apariencia de verdadera argumentación.

Ante la escasez de documentación y argumentación, se recurre a la descalificación o el insulto de los que no opinan como ellos. Flaco favor para la profesión periodística y para la credibilidad de los medios de comunicación. El periodismo exige tantas veces inmediatez y concreción, que obliga a resumir información en unas pocas líneas. Es una tarea compleja y, por tanto, difícil. Sin embargo, el buen periodismo tiene la obligación de equilibrar estos factores, y conjugar la rapidez y la concreción al informar con la rigurosidad de la información.

La descalificación y el insulto son los recursos de los que carecen de argumentos documentados. Este fin de semana he vuelto a comprobar que algunos de los más prestigiosos comunicadores españoles practicaban ese recurso. No creo que Arturo Pérez Reverte, Carlos Herrera o Mercedes Milá carezcan de capacidad documental y argumental como para tener que recurrir a descalificar o insultar en sus artículos u intervenciones televisivas a aquellos que difieren de sus opiniones

Yo, modestamente, les recomiendo que omitan los insultos, y documenten, y argumenten. No comparto la forma de expresarse y el contenido de los artículos de los dos primeros que han publicado en el Semanal (del 5 al 11 de marzo) que se entrega los domingos con algunos periódicos, ni las manifestaciones -a mi juicio vejatorias- de la tercera en un programa de Tele 5 contra uno de los participantes en ese programa. Con toda amabilidad, les recomiendo que se informen mejor cuando vayan a tratar algunos de los múltiples temas de los que manifiestan sus opiniones.

No se puede saber de todo, o al menos para expresar opiniones con arrogancia de verdad. No se puede descalificar a otros que opinan de manera diversa, no se puede calificar de “tontos, cretinos, gilipollas, fantoches o gordos” (los pueden leer en los artículos de los dos autores mencionados y escuchar en la intervención televisiva de la periodista aludida) a los que opinan de forma diferente, máxime cuando no se aporta suficiente documentación que sostenga  esas descalificaciones. Los medios tiene una gran responsabilidad social: responsabilidad de informar con responsabilidad.

La convivencia pacífica y la seguridad se empiezan a construir también desde los medios de comunicación y, desde luego, la descalificación, el insulto y la falta de respeto contribuyen muy poco al diálogo y a la cultura de paz.

No nos sorprendamos luego, cuando en la vida pública aparezcan fenómenos como el del señor Trump. “Los Trump” se fabrican día a día. Y, por desgracia, los creadores de opinión también tienen una gran responsabilidad en el crecimiento de semejantes personajes.

Nota del autor.-

Perdón por mi atrevimiento a opinar sobre los “opinantes”, quizás esté opinando de lo que no conozco en profundidad. Me atrevo a publicar estas líneas para argumentar sobre la falta de rigurosidad y, sobre todo, la falta de respeto. Y lo hago, porque tantas veces compruebo que cuando opinan sobre asuntos que conozco, como acredita mi formación profesional, sus opiniones no se ajustan a los conocimientos académicos que he adquirido. Del mismo modo compruebo que su percepción de la realidad ha sido distinta a la mía cuando opinan sobre algún acontecimiento del que he sido testigo. Infiero, por tanto, que cuando hablan de otros asuntos, de los que no tengo elementos de juicio para opinar, puede suceder lo mismo, es decir ofrezcan una opinión subjetiva, con elementos que pueden inducir a confusión, bien por la ignorancia del opinante o, lo que es peor, por obedecer a intereses partidistas o sectarios.

7 de marzo de 2017

Javier Jiménez Olmos